Por: Roberto G. Rivera Sánchez (c) 2012
Cuentos de sol y sal en la noche. Son largas conversaciones con el monstruo amigo mío, pues él me conoce y sabe cómo darle ánimos al corazón mientras se cuece por dentro. Me conoce de toda la vida aunque yo apenas lo conocí hace poco. Antes me daba miedo y le huía escondido entre las sábanas con los ojos cerrados. Pero, sea por edad o por la razón que sea, logré dejar de verlo con cara aterrada y me dí la oportunidad de conocerlo y ahora somos grandes amigos. De esos amigos que uno suele llamar “hermano”; aquellos que encuentran en su mirada una luz que uno puede llegar a jurar que nos conocemos desde hace más de una vida, aunque tan sólo llevemos poco tiempo.
Nos tomó muchos años de vida para crecer y reconocer esa mirada cuando se tiene de frente. Es una mirada muy distinta del amor. Es amor pero distinto. Es aquella que no precisa de un beso ni de unir los cuerpos para sellar algún pacto en el alma, sino que atesora el momento vivido, da espacio a la distancia y el reencuentro es como si el tiempo nunca hubiera pasado por estas calles.
El monstruo amigo mío y yo, aguardamos esa mirada. Mucho reímos y nos burlamos el uno del otro, porque ambos reconocemos que tan sólo somos amigos invisibles: él invisible para ustedes y yo invisible en el suyo. Somos los nadies en los ojos de los otros, pero eso nos da una ventajas a su vez, pues seguramente se espantarían los demás de su mundo si me vieran, y ustedes, sé que se espantarían si lo vieran de verdad. Así que seremos un mero mito en la vida de cada cual; una hermosa historia de mentiras y verdades.
